Ir al contenido principal

Molestias de playa

Un lugar comun es... que en la playa nada nos venga bien.

Después de mucho tiempo hoy volví a tener un gran día de playa. Además de compartir todo lo que se hace en este tipo de programas, recordé los personajes típicos de estos lugares y que tantas molestias de ida y vuelta generan.

El que juega al fútbol y usa de palo de arco mi sombrilla… el que cada vez que me invita a jugar al fútbol me hace caminar hasta las playas desiertas.
El que me saluda de beso y me hace sentir el pegote producto de su exagerada protección solar… el que me saluda de abrazo y me recuerda lo quemada que está mi espalda.
El que me corta la mañana de playa para ir a almorzar en casa… el que me hace almorzar sándwiches con arena todos los mediodías.
El que se mete al mar, pero sólo hasta las rodillas… el que se mete al mar tan hondo que hace que los guardavidas lo tengan que rescatar día por medio.
El que lleva un libro y se aisla de la vida de todos los demás… el que lleva cartas de truco y está empeñado en reeditar duelos que a nadie lo vuelven loco.
El que llama a cada vendedor ambulante, pero no compra nada… el que compra todo lo que venden los vendedores ambulantes, pero después nos deja sin cenar.
El que vuelve siempre tarde a comer porque se queda en la playa… el que se va a las tres de la tarde porque se aburrió del sol.
El que deja papeles higiénicos tirados debajo de las piedras disimulando lo indisimulable… el que se mete en el mar hasta el ombligo sólo para hacer lo segundo.
El vago que se queda sentado de campamento viendo pasar chicas lindas… el molesto que me hace salir a correr para ir a buscar a esas mismas mujeres
El que improvisa fogones cuando cae el sol cantando a capella, al ritmo de las palmas y sin pegar una nota… el que la rompe con la guitarra siempre con las mismas canciones.

Comentarios

TAMBIÉN PUEDE INTERESARTE:

Ahora que somos grandes

Ahora que somos grandes los matrimonios son los de los amigos y el juvenil beso nocturno es un te quiero para siempre. Y la casa de tus padres ya no es la tuya y tampoco la de ella. Porque sencillamente son grandes. Por eso los gastos –que no son menores-, las cuotas, ahorros y opciones. Ahora que somos grandes y ningún éxito personal alcanza para satisfacerse. Porque la vida es más que esa propia satisfacción y son otras personas. Porque siendo grandes los éxitos son con otros. Se responsabiliza por otros, se hace cargo de otros y se compromete por otros. Ahora que somos grandes las enfermedades no son la de nuestros padres y abuelos sino la tuya y la mía. Al punto que la muerte es una posibilidad que impone ser reconocida merodeando por esos puertos como fantasma nocturno o velero viejo que amarra a otros muelles. Ahora que somos grandes al pasado se mide en años que me hablan de ciudades, lugares y hasta países. Los minutos, las horas y los días forman semanas de c

No soy un héroe

El muro de Facebook se llenó de comentarios propios de la exuberante expresividad paraguaya. Días después de la Toma de Túnica, junto a una foto de los novicios recientemente revestidos con la túnica que los identifica como miembros de esta Comunidad de los Padres de Schoenstatt, leí: “ellos son los héroes de la Mater que dejaron familia y amigos para construir el Reino” . Me sorprendió y puede ser que sea fruto de que ahora que estamos grandes ya hay un poco más de realidad y de verdad. Coincidentemente cumplo cinco años de haber recibido esa misma túnica. Recuerdo ese día como uno de los más felices de mi vida. Sin embargo, sin falsa modestia, sería una exageración llamarme héroe. También sería falso decir que dejé familia y a amigos a pocas horas de ir a la casa de mis padres para un festejo familiar. No, no somos héroes. Y tal vez esto sea uno de los puntos más notables e impactantes de la vocación sacerdotal. No, no somos héroes ni tampoco somos mártires. Somos peregrinos a

Francisco, un espejo donde no mirarse

Como si fueran voces de un mismo coro, en esta semana Clarín y La Nación emprendieron el más duro embate contra el Papa Francisco. La razón de fondo parecería ser la no presencia en nuestro territorio. Los argumentos para este posicionamiento fueron al punto más bajo de todo: el supuesto desinterés. Como si se dijera que en realidad nadie quisiera la visita del Papa. Para eso se valieron de fotos sacadas desde lejísimos planos y mucho tiempo antes de una misa en Iquique. También le colgaron la responsabilidad de un sinnúmero de problemas de una Iglesia chilena que desde hace año rumea melancolía y decadencia. Si bien este último punto merece una lectura crítica y detenida, resultaba sorprendente el esfuerzo por unir la figura de Francisco a esta historia negra. No se le discuten las claras palabras -¿lo escucharán?- y tampoco los gestos inequívocos –porque los equívocos suelen interpretarlos de acuerdo a su narrativa elegida-. Es difícil de comprender esta actitud de los dos diarios