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Paso cerrado. Crónica de mi no viaje a Mendoza


Aun dubitativo me subí al bus. Me di cuenta que mi estado de increencia se compartía con otros. “Te dije: esto es una porquería y está sucio”, entra a los gritos una mendocina mientras se sienta atrás mío. Su marido trata de domarla. Que era más barato, que podíamos subirnos cerca del hotel, que el viaje es corto, que los sillones son cómodos y que lo importante era llegar. Los argumentos suavizan la crítica de la mujer. Y yo recuerdo que hace mucho no estoy con argentinos y empiezo a tener ganas de estar en Mendoza. Es que es así: el argentino promedio critica, habla a los gritos, se apasiona con boludeces y hasta no puede contener las ganas de escribir estas líneas después de un viaje cualunque. Pero nada de eso puede leerse moralmente porque no hay maldad: es sencillamente un modo de estar en la realidad.
Llegar llegamos, pero sólo a Los Andes: unas dos horas desde Santiago. Ahí mismo se subió un buen hombre que se parecía a Luis Polit de viejo, pero que no tenía su cordialidad, y anunció que hasta ahí habíamos llegado porque habían recibido una comunicación de no se qué ente que cerraba el cruce. Como si fuera necesario, acompañó el insensible documento con unos audios de WhatsApp muchos más elocuentes. No había mucho lugar a dudas y sólo quedaba emprender la vuelta.
La crisis despertó lo más jugoso de la humanidad: formamos comunidad. Cada uno compartió su historia de vida. Mi natural timidez hizo que primero contara que yo vivía en Chile, que vivía hace cuatro años, que llevo todo ese tiempo acá porque estudiaba, que estudiaba para cura, que era de Schoenstatt. Terminé  justificando ante un buen hombre de San Rafael por qué no usaba sotana. “Ya usarás”, me consoló innecesariamente y me pidió que rezara para que Dios abra el paso. El matrimonio quejoso después de su relato se convirtió en el matrimonio mufa. Ellos viajaban de España hacia Menodza y hacían escala en Santiago. La escala era el 29 día en que Moyano paró buena parte del país. Lan les dio vuelo recién para el 2 de junio, pero como el 1 tenían un matrimonio, decidieron cruzar en bus. No pudieron hacerlo el 30 por la nieve y se acercaron con poca suerte hoy 31. Era tal la desesperación o la ignorancia que ahora analizaban hacer la gesta de cruzar por el paso que une Osorno con La Angostura.  “¿Te das cuenta que si hubiéramos vuelto de España el 28 o el 31 no pasaba nada?”, me interrogaba el hombre. Armé el mate y lo hice girar. A la ronda del mate se sumó otro pasajero de aquel fatídico viaje del 29 desde España, pero que llevaba su desgracia con más dignidad. También mostró su argentinidad cuando -atención lectores- culpó a los gobiernos de nuestro no viaje a Mendoza por no haber hecho nunca un túnel mágico que uniera Santiago con Mendoza. Fue poner nafta al fogón. Que ahora hay otras prioridades, que si no lo hacemos ahora no se hace nunca, que este problema viene de antes y que así estamos como estamos. El azafato amenizaba el momento repartiendo la comida prevista para todo el viaje. Tomamos mate y con sándwiches de pollo; riquísimos, a pesar de lo poco ortodoxa combinación.
Fue raro: viajé a Argentina, pero no llegué. Aun así, estuve cerca.

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