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Ganamos

El ritmo desparejo, pero acelerado de la escalera caracol no da lugar a dudas de que quien sube es Tito. Por este medio Tito, su mujer y sus dos hijos, unen diariamente la planta baja con el sexto piso donde tienen su modesta habitación en la villa 31. Al llegar a su cuarto, Tito se acerca al oído de su mujer dormida y al oído le susurra: “ganamos”. Lidia, su mujer, mira descreída y prefiere seguir durmiendo. Siendo ya los primeros minutos del día domingo, el plan de Lidia no parece demasiado loco. Sus pequeños hijos comparten el sueño desde hace tres horas. Así es la vida en el barrio: cae el sol y ya no es bueno andar por las calles por lo que el mejor panorama es subir a la habitación para ir a descansar y que mañana sea un nuevo día. Que mañana sea un nuevo día. Con la respiración todavía agitada Tito mira el horizonte y ahora se dice para a sí mismo  como tratando de convencerse: “ganamos”.

Tito no ganó el juicio contra Ferrocarriles Argentinos por la lesión que le generó un desperfecto técnico de uno de los trenes que lo traía desde Temperley a trabajar a la capital; juicio que le viene llevando un hombre vestido de corbata que dice ser su abogado. Tito no ganó el trámite para obtener su documento argentino después de documentos temporales también llamados precarios. La precaria. Tito no ganó pasajes para ver a su madre que lo sigue esperando en Itapúa  para conocer a sus nietos de 4 y 6 años. Tito no ganó el título de propiedad de su pieza que el Gobierno de la Ciudad está facilitando a los propietarios a quienes les alquila. Tito no ganó  el puesto de sereno nocturno fijo de la construcción que están haciendo en Marcelo T de Alvear al 1300 por lo que seguirá haciendo suplencias cuando lo llamen. Tito tampoco ganó el sobreseimiento ni la estabilidad para instalarse en el país por la causa que le armaron  en la 1-11-14 por la supuesta comercialización de droga en las salidas de universidades privadas. Privadas.

No. Justamente cuando Tito vivía en la villa que se nombra con muchos números, pero sin nombre, se hizo de Huracán. En gran parte por contrera. Gustavo, su pariente que lo acogió y que posteriormente le hizo la cama, era de San Lorenzo. Tito quiso llevarle la contra y se hizo hincha fanático del Globo. Fanático. Tanto que cuando conoció a Lidia la hizo cambiar de cuadro para que se hiciera del Globo. Tanto que a su pantorrilla tatuada por el cacique paraguayo le agregó el escudo de Huracán. Cuando se peleó con Gustavo y fue a vivir a la 31, mantuvo la pasión; algunas amistades de la popular lo animaron a la fidelidad, pero su participación en el estadio se discontinuó.

El sábado 19 de mayo fue uno de los días en que pudo estar ahí. Viajó en colectivo para llegar. En la cancha vio su amado Huracán enfrentarse contra el temido San Lorenzo. En parte, jugar contra San Lorenzo era también jugar contra Gustavo. El partido fue complicado. En el primer tiempo el Globo estuvo para la cachetada más de una vez, pero entre su arquero y las dificultades de los delanteros, el tanteador no se movió. El panorama no fue más alentador en el inicio del segundo tiempo cuando el marcador de punta cayó en la provocación del rival y después de darle un cabezazo dejó a su equipo con uno menos. El entrenador no dudó y buscó cerrar el partido. Hizo cambios defensivos y que Dios ayude. Que Dios ayude. El arquero fue amonestado por hacer tiempo y de haberse mantenido el criterio de la primera amarilla lo deberían haber amonestado nuevamente otras seis o siete veces. A los 80 minutos de juego un rápido tiro libre a favor en tres cuartos de cancha fue un preciso cambio de frente que agarró a la defensa rival retrocediendo mal y el único delantero en cancha de la Quema pudo convertir después de una corrida furiosa. Quedaron diez minutos de sufrimiento para quedarse finalmente con la victoria vastamente regada. Si algo había aprendido Tito en estos quince años desde que dejó su Paraguay natal era precisamente sufrir.

Ganamos. Y el sabor de la gloria lo envuelve todo. No es que Tito sea un fanático enfermo del fútbol, sino que el fútbol logra involucrar toda su persona.  Por ese rato Tito le gana a Gustavo. Por ese rato, el sabor de la victoria es más importante que no tener documentos, no tener casa, haber perdido el trabajo por ser inválido e incluso estar procesado por un delito que ni siquiera estuvo cerca de cometer. 

No es que Tito sea tonto. No. Por el contrario, pienso que pocas cosas logran integrar tanto al hombre como el fútbol. Todo se integra en la pelota. El fútbol pasa a ser emoción, vínculos, encuentros, desafíos, exigencias, sufrimientos, gozos, injusticias, alegrías, equipo, rivales, paz y violencia, sensualidad, afectos, historia, superación... Y una vez más, no es el fútbol, es la vida. Por eso cuando ganamos, perdemos o empatamos, nos encontramos con nosotros. Por eso cuando ganamos vemos lo mejor de nosotros mismos. Y ahí nos vemos más importantes que tener tal o cual papel, tal o cual conducta, tal o cual sentencia, tal o cual propiedad. Ahí somos nosotros: creaturas, promesa, presencia, signos. Hace falta encontrarnos más con nosotros; hace falta que ganemos más.    

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