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Lecciones de la Cruzada

A veces no podemos caminar hacia donde quisiéramos, pero sí siempre hacia Jesús

El Cristo Redentor en la cima marca el objetivo y así relativiza caminos. Es preciso apuntar a lo alto sin perderse en las vicisitudes del camino. Me habla de caminar con visión, tener protagonismo, de fortaleza interior y así libertad. Es el camino de la Cruzada. Es el camino que transitó James durante su enfermedad. Cristo nuestra meta. Cristo nuestra libertad.

El camino está lleno de llegadas

Somos peregrinos y no caminantes. Con una clara meta final cada día arribamos a paradas. Eran de los momentos que más se disfrutaban. Disfrutar esas pausas que se convierten en paradas sin dejar que la urgencia por llegar pase por alto el valor del momento. En cada llegada no nos instalamos, pero sí ponemos la carpa así como el Hijo puso su morada entre nosotros para llevarnos a lo Alto.

La santidad de los jóvenes es posible

Me vino al contemplar la vida de los santos que atraviesan nuestra Cruzada con ese común denominador. Pero más fuerte todavía, al escuchar y conectar con los deseos de los jóvenes y con el modo de encarar esas búsquedas. Me compromete y me resitúa: no se trata de que yo sea santo sino de ayudar a que ellos alcancen la santificación que es plenitud de vida, que es felicidad. Como le gustaba decir a otro santo joven, debemos parir una nueva generación de santos. Pensarlos en generación (pensarme en generación) expande la propia santidad en la santidad de los otros, con los otros, por los otros. Creo en la santidad comunitaria.

La fuerza de Dios manifestada en la debilidad me lleva a más

Dios y su acción en mí es tan real como la capacidad que tiene para activar mis fuerzas, para ir más allá. La imagen del ascenso al Cristo Redentor: cuando todo parecía flaquear, Dios da una fuerza extra desde adentro. No da lo mismo creer o no creer. Su impacto en mi estado físico lo vuelve muy tangible. Así como en otros momentos experimenté su acción en relación con proyectos, horizontes o planes que van más allá de mis fuerzas humanas, Dios me lo regaló en mi propio físico. Con Él voy más allá.

El don de la amistad sacerdotal me sostiene y saca lo mejor de mí

Valoro mucho la amistad al interior de mi comunidad. Es muy bueno tener amigos en Sion. Esta amistad se pone de manifiesto en el camino compartido. Lo pasé realmente bien con cada uno y funcionamos bien en conjunto. Es espacio de confianza y de libertad grande. También me doy cuenta de que yo soy mejor con ellos, me potencian mucho. Soy consciente que es necesario invertir acá y no descuidar ningún vínculo. La amistad se vuelve sacramento, es lugar de encuentro con Cristo.

No se puede ser sacerdote sin mirada contemplativa

La gracia de la contemplación reconoce en todo el valor del Creador. La mirada contemplativa reconoce esa relación entre el Creador, con las montañas, con los amigos y en la comunidad. Así lo estoy experimentando. De lo contrario puedo volverme demandante, me ubico en el centro para adquirir reconocimiento, hay una búsqueda de control. Las personas esperan de nosotros -los sacerdotes- que regalemos esa mirada contemplativa.

Las preguntas activan procesos que sólo a veces llegan a respuestas

Es la imagen de los discípulos de Emaús, el Resucitado interviene preguntando. Rompe con la idea de que Él solamente está en el lugar de la llegada, de dar todas las respuestas. La santidad se cocina a fuego lento siguiendo preguntas. Es el fuego lento del proceso. Procesos que rompen con el encierro de las falsas seguridades. Animarse y animar a vivir en proceso. La santidad de San Alberto Hurtado se hizo visible en sus últimos 15 años de vida. El asombro como camino.

El desborde de la sobreabundancia de la gracia

Como en la multiplicación de los panes y la conversión de agua en vino de Caná, se hizo muy palpable que la acción de Dios supera el cálculo humano o toda relación directa de causa y efecto. En la Cruzada, por el contrario, Dios es siempre más y su acción supera lo imaginado. Tener fe es abrirse a esta dinámica de vida que sabe dónde empieza, pero no dónde termina. Pasa en la Alianza de Amor. Pasa en la vocación. Pasa en el saborear y gustar internamente de la vida, de las cosas de Dios.

La verdadera libertad interior llega por una experiencia religiosa

El empuje de Dios a lo largo de estos días en los que quiso liberarme. Son experiencias, con momentos de reconocer que con su fuerza puedo romper todas las ataduras del qué dirán, del afán de reconocimiento, de mis apegos desordenados, de mi flaqueza, de la pereza o el desánimo. Es el camino del despojo de lo superfluo para quedarse en lo importante. Una vez más descubrir que necesitamos mucho menos para ser mucho más felices. Fijos los ojos en Jesús, avanzamos.

Ser representante del más grande


La grandeza de la creación pone de manifiesto la pequeñez humana. Me sitúo como sacerdote en medio de esa tensión. Por un lado, fruto de mi vocación tengo esa cotidianeidad con el más grande. Por otro lado, yo mismo me reconozco pequeño. Comprensión del sacerdote entre medio como representante de Dios, pero en el preciso sentido de hacerlo presente (y no de ser yo el dueño). La misericordia es que su grandeza no humilla sino que me eleva.

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